Retomo mi novela por entregas. No creáis que me había olvidado de ella, pero necesitaba que los ingredientes maceraran y adquirieran consistencia. Aun así, no sé cómo seguirá. Ya lo he dicho otras veces: Todo fluye...
· El Desencantador I
· El Desencantador II2. Terriblemente normal
Damián entró en casa y dejó caer la mochila sobre el sofá. Acto seguido, fue él quien dio el batacazo en el sillón. Encendió el televisor con el mando que, como venía siendo costumbre, se encontraba entre los pliegues de los cojines. Cambió de canal varias veces sin prestar atención a las imágenes que corrían ante sus ojos. Pensaba en cómo lo absorbía de manera irracional una pantalla distinta donde sólo se veían historias: algunas más reales que otras, en color o en blanco y negro, de acción o reflexión, equilibradas o desmesuradas… Pensaba en cómo el cine no suponía para él una pérdida de tiempo, y cómo todos los rostros que circulaban en el celuloide tenían una especie de alter ego en la realidad con mayor o menor acierto.
________-…tu cuarto.
________-¿Cómo?
________-Damián, que estoy aquí, que digas hola y te lleves la mochila a tu cuarto, que ése no es su sitio.
________Miró a su madre durante un instante. Tenía, como todas las madres del mundo en algún instante de sus vidas, los brazos en jarras y las cejas levantadas a la espera de una respuesta. Damián dio un salto, tiró de la mochila con desgana y pasó junto a la puerta de la cocina. Su madre salió al pasillo impidiéndole el paso y se señaló una mejilla descolorida. Por más maquillaje que se echara, su cara siempre sería del mismo tono amarillento que tan poco le gustaba.
________-Dame un beso.
________Damián se estiró un poco y besó la mejilla con un leve roce.
________-¡Si me lo has tirado al aire! Dame un beso en condiciones, anda.
________El joven –cuánto odiaba que siguieran llamándolo niño, o peor aún, crío- se volvió a estirar y besó hasta hacer el efecto de una ventosa en el carrillo de su madre.
________-¿Cómo te ha ido hoy?
________-Bien. Normal… me han mandado un trabajo en grupo con unos de mi clase y mañana vamos a quedar aquí. –Damián se calló varios segundos ante el rostro impasible de su madre, que parecía esperar una respuesta sin decir nada. Finalmente, él preguntó, sin saber bien por qué: -¿Y a ti?
________-Hoy ha sido un día horroroso. Una chica que trabaja en recepción ha tenido un accidente de tráfico y la han llevado directa a la UCI, y el otro hombre con el que se ha chocado ha muerto en el acto. Yo no la conozco mucho, pero una lástima. Y tan joven… –Damián siguió callado; de algún modo intuía el desahogo verbal de su madre. –Pero es que hoy han estado llegando toda la mañana heridos en accidentes, no he visto tanta sangre en los quince años que llevo en el hospital. Una locura. Y luego la gente llamando toda la mañana, pero es que Gemma y yo no dábamos abasto solas, ha tenido que echarnos una mano una enfermera en prácticas en la centralita.
________-¿Por qué ha pasado eso?
________-No sé, es como si todo fuera mal de golpe. Una locura, vaya día…
________-Ayer tampoco soñé –anotó Damián con tono desesperanzador, y avanzó casi a rastras hasta su dormitorio.
________La única ventana subía desde la mitad de la pared al techo, de modo que para ver a través del cristal era necesaria una altura adulta. Damián dejó la mochila sobre la silla y se subió a la cama para contemplar lo que se veía al otro lado del cristal. El cielo azul, el sol en lo más alto escoltado por varios edificios grises y varios pájaros completamente quietos en los salientes de una azotea próxima. Insultantemente normal. De hecho, tan normal, tan típico que dolía a los ojos –los que se veían y los que ocultaba dentro-. Se giró sin bajar, y dio de lleno con su pared de los sueños; el corazón le dio un vuelco. Los tres clavos servían de triste metáfora para el subconsciente colectivo del que no colgaba nada más allá de la realidad cotidiana. Las mentes se habían secado de sueños, y todas las cabezas no eran más que puñados de clavos brillantes esperando atravesar hojas con historias imposibles.
Eternal sunshine for the spotless mind. Los sueños no eran más que una amalgama de recuerdos e ideas encontradas que no saldrían a la luz por voluntad propia. No era posible borrar los recuerdos salvo en casos de un mal funcionamiento del cerebro. Incluso así, había ejercicios para ejercitar la memoria, y Damián había practicado muchos de ellos. Ahora, de repente, empezaba a temer que los sueños se pudieran borrar. Para eso no había ejercicios.
________Dos pósteres gigantes presidían la pared principal del dormitorio. En el primero destacaba la silueta lluviosa de Tom Hanks en
Camino a la perdición, todo tonos verdes y sombras; en el otro, el beso más limpio que había visto jamás y que, curiosamente, determinaba parte de sus reflexiones:
¡Olvídate de mí!, estúpida traducción de lo que sería ese brillo eterno de la mente inmaculada; Kate Winslet con el pelo naranja eléctrico labios con labios con un Jim Carrey extrañamente sereno. También había algún que otro dibujo de su padre, una foto de las vacaciones pasadas en la costa granadina y una postal que le envió su prima desde Nueva York. La lámpara del techo tenía la forma de un amasijo metálico totalmente irregular, tal y como si hubieran apresado una araña gigante y apretado el puño tras el chillido agudo.
________-…y los sueños, sueños son –recitó en voz alta.
________La habitación no respondió.
________Pasó la mano por la bola del mundo y detuvo el índice sobre el extraño encapuchado en el centro de España. Las cosas habían empezado a ir mal cuando lo conoció en su sueño. No hablaba, pero era poderoso. No recordaba más, y sin embargo tenía que ser él.
________Se volvió a acercar a la ventana, esta vez desde la silla frente al escritorio. Había empezado a llover. Llovía con la lenta pereza del que parece no tener ánimo de hacer nada más, como si su dios mandara las gotas con desgana contada.
La vio esa tarde de nuevo, y de nuevo ella hizo ese extraño gesto con la mano que él no acababa de entender. Deslizó la mano hasta el horizonte, y abrió y cerró los dedos a modo de tijeras. Adriana era proclive a callar cosas y reunir silencios, al igual que Damián. Cualquiera se habría desesperado con su compañía y conversaciones llenas de mutismo, pero ambos estaban hechos a ello.
________-¿Cómo es que me has descrito hoy en clase? –saludó ella.
________-No sé, siempre describo a Ahmed –respondió él llevándose la mano a la coronilla.
________-Me ha hecho gracia lo de la pulsera y mis ojos, creía que nadie se fijaba en esas cosas.
________Estaban sentados en un banco del parque bajo un árbol. La lluvia había arreciado esa tarde y el paraguas no era suficiente cobijo. Adriana llevaba su cazadora amarilla, y Damián, un impermeable azul.
________-¿Te cuento algo gracioso? –prosiguió ella.
________-Dime.
________-Ahora mismo podría ser millonaria, pero mi madre ha perdido un boleto con los números del sorteo de ayer.
________-¿De verdad?
________-Sí, ya ves… no se lo ha dicho a mi padre porque imagina la gracia. Para una vez que nos toca –resopló.
________-¿Y qué harías con tanto dinero?
________-Me iría a Roma o a París, me compraría una casa junto a la playa y pondría un restaurante cerca de la Sagrada Familia.
________Damián miró en derredor con los ojos perdidos.
________-¿Has soñado algo últimamente? –preguntó.
________-No, sigo sin soñar.
________-Yo tampoco. Hace ya veinte días…
________-¿Cómo es eso?
________-No sé, no tengo ni idea.
________-Hoy han dicho en la tele que es la primera vez que se recuerde en la que nadie se ha llevado nada en la lotería, quiniela y todos los juegos de azar durante tanto tiempo seguido. Es raro.
________-Sí –condescendió él, y pensó: “También es estúpido que caigan antes en la cuenta de que nadie gana un premio de lotería a que se han acabado los sueños”. –En estos días ha habido un montón de accidentes.
________-Como si la suerte se hubiera acabado, ¿te das cuenta?
________-No sé…
________El libro que Adriana llevaba entre las manos se le escurrió y cayó sobre un charco. Damián lo recogió y lo secó con la manga de su jersey.
El diario de Anna Frank.
________-¿Qué tal está?
________-Gracias. No sé, tengo una sensación rarísima en el estómago mientras lo leo. ¿Sabes quién fue Anna Frank?
________Él negó con la cabeza.
________-Era una chica judía que escribió este diario durante la Segunda Guerra Mundial, mientras se escondía con su familia en un edificio para que los nazis no los encontraran. Al final murió enferma en un hospital, y cuando lees sus sentimientos y las cosas que quería hacer y que sabes que nunca podrá hacer…
________-Qué triste.
________“Chica de ojos tristes”, pensó.
________-Ya.
________-Va a pasar algo importante, ya verás. A mí también me duele la barriga como si se me olvidara algo, y creo que es por algo que va a pasar.
________-¿Tú crees?
________No hablaron más en el resto de la tarde. Esperaron a que amainara un poco y se dijeron adiós con las miradas y algún escueto
adeu. Cada uno, a su manera, pensaba en eso tan grande que iba a suceder y tramaba su propia historia mental –una por párrafos, capítulos y citas; el otro, con planos, picados y contrapicados, fundidos a negro… -, y a la despedida ella volvió a hacer con sus dedos como si cortara el aire. Él seguía sin (recordar) entender.