And do you brush your teeth before you kiss? Do you miss my smell? What about me? What about me? What about...?


Va dejando trozos de él por todas partes. Algún día desaparecerá conforme anda.

martes, 21 de octubre de 2008

Km. 5


Hace un año nació Km. 0, probablemente el cuento más redondo que he escrito en más de un año. Violeta y Alberto/David os sonarán a muchos de vosotros. Pero ha pasado un año, y en este año muchas cosas han cambiado. Antes me saltaba clases en Swansea para acabar esa historia de amor, y ahora estoy en Granada un año más viejo y más torpe y más enfermo y más triste y menos brillante, pero para ellos han pasado en realidad 5 años y su futuro ya está escrito. Perdonadme por la impertinencia, pero esperaba esta fecha desde hace mucho tiempo.

Cinco años más tarde, el cabello de Violeta volvía a ser, tal y como dictaba la genética, rotundamente negro. La encontraron en su cuarto hasta arriba de pastillas. Un hilo de baba le caía por la comisura de la boca hasta la camiseta donde se podía leer Love hurts, there’s no glass. Nadie sacó nada en claro. Después de todo la chica era excéntrica, de modo que el hecho de que en todos los cristales de su casa estuviera escrito el mismo nombre no supuso una prueba irrefutable. Tenía los dedos ensangrentados y llenos de heridas, y bajo la almohada cinco cartas escritas con su propia sangre. Murió sin despedirse de nadie. En la ventana de enfrente sólo había una persiana cerrada a cal y canto. El alféizar se encontraba cubierto de lacasitos blancos que formaban tres montañas desiguales. Ni las palomas se atrevieron a tocarlos.
________Él no está lejos. Alberto vive ahora en una institución para enfermos mentales. Hay días en los que es el más cuerdo del lugar; otros, recoge con la boca cuanta lluvia puede hasta que deja de llover y grita que su nombre es David. A veces le da por cantar, dicen las enfermeras, quienes no reconocen las canciones de Caetano. No hubo Veloso para ella, ni té rojo ni fotografías. Cada paciente de la institución tiene un enser personal. Él dejó los libros. Alberto guarda, entre el elástico del calzoncillo y su piel, una foto en blanco y negro que le hizo a una muchacha de cabellos violetas. Hay días en los que está con ella y le habla hasta que viene alguien y le inyecta la medicación y vuelve a tirar de él para impedirle estar jamás con ella. Algunas historias están abocadas al fracaso. Nunca es tarde para volver al kilómetro cero.

8 comentarios:

beleita dijo...

Duro final, rubio. Pero no todos los finales son -ni han de ser- felices.

Me ha resultado todo (esta parte) muy rápido, pero güeno...

muaks!

Anónimo dijo...

No debería tener final.





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carlos dijo...

Entre el domingo del 2007 y este martes del 2008 parece que solo ha pasado un día y siga leyendo donde lo dejé.
Pero no lo dejes ahí. Sigues siendo un genio.
¡¡Un abrazo!!

El guardián dijo...

yo no escribí el final, ya estaba escrito...

Oski dijo...

Quizás un epílogo fulminante y trágico sea el más bello de los finales. Así nos lo enseñó Shakespeare en Romeo y Julieta. Quizás esta sea una versión moderna o quizás no.

Ánimo, conseguirás salir adelante.

Un abrazo.

Mj dijo...

Tu comentario es la historia más trágica que he leido en años...

RocíoGR dijo...

yo quiero leerlo todo, desde el principio.. seguro que merecerá la pena

besos

JP dijo...

No, me niego arffffffffff
es que no, ni uno macho, ni uno.
Moriré sin ver un final feliz? son escasos... pero ahí están.

lamusique

No podría vivir sin

eveybody's gotta learn sometimes

Un libro

Un libro
Un saco de huesos, Stephen King